30 de junio de 2015

Olores y recuerdos



      Siempre he pensado que los olores transmiten más sensaciones que los sonidos o incluso que las imágenes, nos trasladan desde lo más profundo a ese instante ya vivido. Hoy he tenido una experiencia de esas mágicas con una cazuela que pertenecía a mi abuela. Es una cazuela de madera para hacer ajoblanco (una especie de gazpacho típico extremeño, supongo que también es de otras provincias). Mi abuela tenía una grande, donde habitualmente hacía el ajoblanco, y una pequeñita. Recuerdo que una vez, tendría unos siete u ocho años, me empeñé en hacer un ajoblanco con ella. Una de las normas de hacer ajoblanco, al menos para mi abuela, era no mirar la cazuela mientras la cocinera elabora la masilla, solo ella puede hacerlo. Yo era muy tramposa o curiosa, y mientras ella permanecía sentada concentrada en la cazuela, aparecía yo sigilosa como una sombra y me escondía detrás de su hombro para mirar, intentando tal vez averiguar si se cumplía o no esa extraña regla de estropear el ajoblanco con la mirada ajena. La masilla se elabora a base de ajo machacado y aceite de oliva, y se trabaja con el mortero, haciendo círculos contra el fondo de la cazuela, prácticamente es una alioli el resultado. También recuerdo que al terminar de hacerla, regresaba yo con una rebanada de pan para que con el mortero me pringara masilla en ella, mi frase típica era: ¡¡Abuela, no olvides avisarme antes de poner el caldo, ¿eh?!! (Aunque esa creo que era la época en que la llamaba agüela) ¡Qué bien sabía aquella rebanada! Más de una regañina me he llevado por volver de extranjis a repetir, metiendo una y otra vez el pan directamente en la cazuela y dejar el ajoblanco con un tercio menos de esencia. Pero en aquella ocasión que vengo a contar, yo me senté en una silla, a su lado, con un paño de cocina en el regazo y la cazuela encima, siguiendo los pasos de ella, bajo su atenta mirada ¡No puedes mirar el mío, abuela, que se emborracha! Era la palabra típica, en vez de que se corta. ¡Yo puedo mirar los dos!, me decía. Y qué orgullosa me sentí cuando vi finalizado mi experimento. Recuerdo que mi abuelo dijo que el mío había quedado mejor que el de la abuela. Seguramente lo afirmó para que me hinchara como un pavo, pero me lo creí y dije que a partir de ese momento yo me encargaría de hacer el ajoblanco siempre. Es extraño, no recuerdo haber hecho ajoblanco en ninguna otra ocasión, y es un plato que me encanta y siempre devoro cuando voy al pueblo. Antes de morir mi abuela, cuando ni siquiera sabía que iba a ocurrir, claro, porque se marchó de forma inesperada, le pedí esa cazuelita donde hice mi primer ajoblanco.

21 de junio de 2015

Mini-J




      Ayer fue un día de grandes emociones, Mini-J se nos escapó por la terraza. La jaula tiene dos puertas y, sin darnos cuenta, nos habíamos dejado una solo entornada. Le vimos de reojo, desde el salón, salir volando, y cuando corrimos a asomarnos ya había desaparecido. Estuvimos un buen rato llamándole (cosa absurda, porque el pobre solo había volado dentro de casa y el exterior les desorienta completamente). El caso es que fue un momento de angustia, los pobres niños llorando a moco tendido y desesperados, y yo no sabía cómo consolarles, nunca les había visto llorar de esa forma, quizá porque era la primera vez que tenían algo verdaderamente importante por lo que llorar: la pérdida de un ser querido. 

      Se me ocurrió coger la jaula pequeña de transporte y salir a la calle a buscarlo, era una misión imposible, lo sabía, pero al menos les distraería un poco del llanto. Una vez en la calle nos pusimos a silbar bajo los árboles que nos íbamos encontrando. En una ocasión, lo que es la mente, a los tres nos pareció verlo acicalándose en una rama, sin embargo era una hoja seca, amarilla que se mecía con el viento, pero los tres recreamos la misma imagen. Ahí comenzaron a desesperar y a decir que seguramente se lo habría comido ya un pájaro grande, o se habría estrellado porque nunca había volado tanto, lo criamos desde que era apenas un polluelo desplumado, alimentándolo con una jeringa llena de pasta de cría. El caso es que les dije, a pesar de que yo también pensaba que no iba a durar un asalto ahí fuera, que seguramente se habría puesto en la cabeza de alguien, como hacía con nosotros, y lo cuidarían igual. Pero seguimos con la ruta, repitiendo calles y árboles en los alrededores, hasta que en un momento dado me pareció escuchar el sonido de su canto. Pensé que serían imaginaciones mías, pero ellos también lo escucharon, y nos pusimos a silbar como locos, y él nos contestaba, pero no sonaba en la zona de los árboles, sino en una de las terrazas de una urbanización cercana a la nuestra. En un momento dado revoloteó y conseguí verlo antes de posarse en el suelo otra vez, estaba en un primero, y llamé a los telefonillos de todos, sin exito. Seguimos llamándole, y un señor bajó al portal y me dijo que subiera, que estaba en su balcón, que me había contestado pero estábamos tan alborotados llamando al pájaro que ni lo oímos. Subí corriendo y cuando entré en la casa, la esposa me comunicó que se acababa de ir, que había estado por lo menos veinte minutos jugando con el gato a través del cristal. Volví a bajar y los niños, que se habían quedado vigilando abajo, lo vieron cambiar de portal y quedarse en un tercero. Otra vez operación llamada a los porteros automáticos hasta que una mujer asomó desde su terraza con el pájaro atrapado en sus manos, se le había posado en la cabeza. No puedo describir la emoción de ese momento, pero sí la imagen de mis hijos abrazándose y saltando de alegría. Cuando aquella mujer lo depositó en nuestra jaula y lo vimos sano y salvo, no lo podíamos creer, lo llevábamos por la calle a paso lento, como si la jaula fuera de cristal y se fuera a romper. No terminábamos de creérnoslo después de haberlo dado por perdido. Lo que empezó siendo una de las tardes más tristes de los últimos años, terminó siendo la más feliz. Lección aprendida: de nada sirve lamentarse y quedarse sin hacer nada, porque a veces, si lo intentas, es posible darle la vuelta a la situación.

22 de mayo de 2015

Instante


     Nunca sabrían si comenzó en el instante donde sus ojos se encontraron, o en la escasa distancia a la que mantuvieron sus labios o al sentir la vibración que transmitían sus cuerpos; pero bailaron hasta que la última canción quedó suspendida en el murmullo de un recuerdo.

21 de mayo de 2015

Extraños


Y la besó. Como besan los que han probado demasiados labios y de pronto descubren que nunca así. Perdiéndose. Desarmado.

20 de mayo de 2015

Reencuentro




    Era un sueño, lo notaba a cada paso y en los sonidos familiares y recurrentes, no era su primera vez allí. Aceleró sus andares para llegar antes de que volviera a esfumarse el momento. Le encontró donde siempre, faenando, con la medida de quien no tiene prisa. Se sentaron al calor de un café, él acarició su mano con ternura y ella aprovechó para contarle todo lo acontecido en su ausencia. Despertó satisfecha, esta vez no había olvidado decirle que le quería.

19 de mayo de 2015

Enfoque



Y cuanto más se alejaba, 
más nítido y caprichoso era el lugar a donde se dirigía.

18 de mayo de 2015

Indecisión



—¿Ves estas dos líneas de aquí? —le indicó la anciana—, significa que tu vida se bifurcará en dos caminos diferentes.
—¿Y cuál es el de ahora? —preguntó con curiosidad y grandes expectativas, podía imaginarse ya disfrutando del opuesto y liquidando de un plumazo todo lo que no había logrado superar.
—El largo.

3 de febrero de 2015

Presentación "Treinta postales de distancia" en Málaga



      ¡Hola a todos! Aquí vengo con la fecha de mi primera presentación del libro (¡qué nervios!). Tendrá lugar en la librería Agapea Teatinos, en la calle Doctor Manuel Domínguez, 6, en Málaga. Y será el día 13 de febrero a las 18h. Si queréis acompañarme en un día tan especial, ¡ya sabéis! Además os podré firmar vuestro libro (y llevaré marca páginas, pero shhhh no se lo digáis a nadie ;)