25 de julio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 9: ¿Qué hay del olor a libro?


      Ventajas indiscutibles de la lectura electrónica: irme de viaje cerca de dos meses fuera del país y poder llevarme toooooodos los libros que quiera (¡y en el equipaje de mano!!) Sí, confieso que puedo prescindir del olor a libro y del dulce crujir al tacto de sus páginas... Eso tan evocador que escucho decir incluso a gente que ni siquiera se ha acercado a un libro desde que iba al instituto. El olor a libro. El olor a papel recién cortado y encuadernado. El olor a librería de viejo… Ese olor… mmmmmm. Sí, me gusta el olor que desprenden las librerías y los libros, del mismo modo que me encantan las papelerías y toquetear los lápices, las agendas, las gomas de borrar… mmmmm… ¡las gomas de borrar! Pero no por ello me gusta más escribir a lápiz que a bolígrafo ni prefiero este último a mi teclado del ordenador. Adoro escribir, y no soy de las que siempre llenan libretas para luego pasar lo escrito al ordenador. Tiendo a ser práctica y solo utilizo ese medio si no me encuentro delante de mi teclado y necesito guardar una idea. No significa que me guste más o menos escribir por no coleccionar libretas ni bolígrafos ni cargar veinticuatro horas con un cuaderno en el bolso porque la inspiración puede llegar en cualquier momento. Ni me acomplejo por no ser de esas escritoras que llevan siempre encima, aparte de la libreta, ochenta bolis. De hecho tengo bolsos que tienen almacenados cuatro bolis y siempre llevo encima el que no contiene ninguno. El caso es que no sé si soy un espécimen raro de escritora o es que hay mucho postureo por el camino en todo este asunto, cosa que también se me ha pasado por la cabeza.

      Y soy igual de bicho raro en la lectura. No soy de esas lectoras que se mueren por tener todas las ediciones posibles de un mismo libro, por ser su favorito. Para mí el valor de los libros físicos no radica en el objeto en sí, sino en la historia que lleva detrás: en la de por qué está ahí ese ejemplar, en mi estantería. En quién me lo regaló y por qué. Son los únicos libros a los que les doy una valor especial, y que no le doy a los que yo misma me he comprado (sean físicos o digitales). En el fondo, creo que soy más amante de la literatura que de los libros. A pesar de que uno de los mejores regalos para mí sigue siendo un libro. Pero no por el objeto en sí, sino porque cuando alguien te regala un libro (siempre que no sea el típico bestseller que ha pillado de la mesa de novedades porque había una buena pila de ellos y eso significa, a la fuerza, que tiene que ser bueno). Cuando alguien te regala un libro que ya ha leído, en realidad te está regalando una experiencia, una emoción, lo que sintió mientras lo leía, incluso un pedazo de su corazón… 

      Sé que ahora estaréis pensando: “Ya, pero eso no se puede hacer con un libro digital”. Tal vez no, y en realidad es una pena. Ojalá se pudiera regalar un libro digital incluyendo una dedicatoria personal, una felicitación, un deseo… Tal vez acabará siendo así algún día. O quizá no. Mientras tanto esa es la única ventaja que tiene para mí un libro físico. Esa posibilidad de interactuar con el objeto en sí. 

      No me odiéis demasiado los que sois amantes acérrimos de los libros físicos; antes de la era digital yo también lo era. Pero a mi corazón siempre le ha ganado la batalla lo cibernético. Sé que suena fatal viniendo de alguien que escribe y que sería más glamuroso afirmar que me derrito con el pasar de las páginas de un libro, que me recreo olfateando su interior como una damisela enamorada haría con un una prenda de su apuesto... ¡Puaj, no! No soy así. Cuando termino de leer una historia que me ha emocionado puedo abrazar a mi Kindle secándome las lágrimas del mismo modo que lo haría con ese mismo ejemplar en papel. Para todo esto soy más práctica que romántica. Pienso más en la comodidad y la versatilidad que me puede proporcionar un aparato electrónico en cuanto a peso, tamaño, luz, fuente (cuando estoy cansada y ya hasta con las gafas veo borroso y tengo que ampliar el tamaño, adoro poder seguir leyendo…) Por no hablar de aquella vez que me prestaron un libro y que a las cincuenta páginas cerré y me compré su versión en digital porque era tan gordo que no podía leerlo fuera de casa, no me cabía en ningún bolso…

      Definitivamente… sí, me he acostumbrado de maravilla a leer sin olor a libro y sin el sonido evocador del roce de sus páginas.

10 de julio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 8: Cuando la escritura es un hobbie




      Cuando me aficioné a la escritura, enseguida noté que me producía una especie de adicción, lo mismo que ocurre cuando me sumerjo en la lectura de un libro que me atrapa. Pero también reconozco que a veces me encuentro saturada o apática, y lo que menos me apetece es abrir el procesador de texto. Para mí escribir no es ninguna terapia. Escribo por gusto y pasión, y en momentos apáticos o de bajón no me obligo a escribir. Me doy la libertad de abandonar la escritura temporalmente, aunque esté sumergida en una novela. No me gusta hacerlo por obligación ni bajo presión. Esta afición mía nació como un hobbie y así me gusta seguir disfrutándola, ya que, por suerte, no me veo obligada a vivir de ello. Y lo bueno de esto es que disfruto de lo mejor que tiene la escritura: escribir. El vender o dar el producto a conocer es la parte más tediosa del proceso y, aunque me obligo a dar publicidad a mis libros, sé que no soy lo constante que debería. Quizás por eso al principio pensaba que necesitaba una editorial, para evitarme ese trabajo que ellos podrían hacer con más eficacia y profesionalidad, y así poder dedicarme a la parte importante e imprescindible para mí. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que hoy en día las cosas no funcionan así, y que al final una se tiene que dedicar por entero a ambas labores, escribir y vender, y que da igual publicar por tu cuenta o no; la única diferencia es que siendo indie no puedes vender tus libros en las librerías y del otro modo sí. Así que, llegados a esta reflexión, lo único que queda es poner en una balanza los pros y los contras de la decisión de continuar sola o acompañada. En mi caso pesó más el trabajar sola. Y no solo es que pesara más, es que cuando llevé mi decisión a término me sentí completamente liberada y feliz. Noté que me apetecía escribir de otra manera, como lo hacía al principio. Volvía a ser un hobbie y una ilusión para mí, lo que nunca debió dejar de ser. Quizás soy una escritora atípica o tal vez no tengo alma de escritora y solo soy una narradora de historias. Pero no echo de menos las ferias del libro, ni las presentaciones, ni las firmas… Estuvo bien vivirlas en su momento, no diré que no, aunque no es algo significativo para mi forma de ver la escritura. Disfruto más de un café con una amiga que comparte las mismas inquietudes y que se alarga hasta la hora de la comida, compartiendo experiencias e inquietudes y sin parar de hablar durante horas... Volver a casa con las pilas recargadas de ese encuentro y revoloteando por la mente mil historias a punto de escapar.

      No sé si algún día volveré a trabajar con una editorial, nunca es positivo decir de esta agua no beberé porque luego te cae un cubo lleno en la cabeza y te la tienes que tragar con tus palabras. Pero no envío ninguno de mis manuscritos a editoriales. De hecho solo lo hice una vez, hace cinco años, con la primera novela. Hoy por hoy… prefiero disfrutar de lo que me dan mis historias a pequeña escala, que es inmenso.

3 de julio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 7: ¿De dónde sale una idea?


      Al principio se piensa que una idea nos va a llegar desarrollada, que por arte de magia nos vamos a despertar y allí se encontrará, frente a los ojos, un resumen de nuestra gran historia. Y no sé cómo será para el resto de la gente que escribe, pero para mí no ocurre de esa forma. Suele llegar de la mano de una frase o de un personaje que me resulta curioso por algo que tiene en particular, y ese será el punto de partida. El resto hay que buscarlo y darle forma.

      Algunas de mis historias ya fueron relato antes de convertirse en novela, como es el caso de “¿Y si no es casualidad?” o “¿Es tu última palabra?”. En la primera, el relato se titulaba “La chica del vestido verde” y, aunque el escenario se mantiene, la trama es completamente opuesta: los personajes ya se conocían de antemano en el relato, cosa que no ocurre en la novela. Sin embargo, sí fui completamente fiel a la historia del relato en “¿Es tu última palabra?”, que en su versión corta se titulaba: “Historia de una azotea” (no os recomiendo leerlo porque sería como leer spoiler de la novela). Por lo tanto, para aquellos que os dedicáis a esto de juntar letras, pero que todavía no os habéis atrevido con algo más largo que el relato, os diré lo mismo que a una amiga a la que siempre animo a intentarlo: lo importante es la idea, el resto sale solo. Y la idea es la misma que se necesita para crear un relato. El reto, por lo tanto, está en sacarle partido a su desarrollo.

      En realidad, en lo único que difiere una novela de un relato, es que en la novela hay que dosificar más la trama por el transcurso del volumen, ya que el recorrido es menos inmediato —incluso crear subtramas— y ampliar el número de personajes. Estos últimos nos ayudan a enriquecer la historia, y aportan diferentes puntos de vista. En un relato las descripciones han de ser muy concretas y evitar el exceso. En una novela, para mi gusto, también; pero aquí podemos permitirnos adentrarnos más al detalle. En un relato, con dos o tres personajes es suficiente; hay novelas en las que también, aunque lo habitual es que haya varios personajes secundarios alrededor de cada uno de los principales. No hay ninguna regla escrita para esto, suele pedirlo la propia historia. Cuando creo las mías, al principio, no tengo claro con cuántos personajes voy a contar. De hecho, algunos surgen sobre la marcha y otros, con los que había contado para el desarrollo del esquema, ni llegan a aparecer en el libro. Quizás el único punto complicado —o no— de una novela frente a un relato sean los diálogos. Una novela sin diálogos no funciona, a no ser que sea epistolar y no se necesiten. Hablo de esto también como lectora. No hace mucho que leí un libro donde los diálogos brillaban por su ausencia y fue agotador. Monólogos interiores sin sentido cuando la protagonista tenía al lado al otro personaje para poder interactuar con él y, nada, que no lo hacía. Encima, con narración en primera persona donde ni siquiera tenía referencias de lo que opinaba el otro. Me puse de los nervios. No le encontraba el sentido. Me cabreaba con el personaje, incluso me cayó mal. Para mi gusto, la propia autora se cargó la historia prescindiendo tanto de ellos. Los que me conocéis, sabéis que soy una gran fan de los diálogos. De hecho, me agarro tanto a ellos que a veces no sé si escribo novelas o guiones, me tengo que obligar a narrar y describir para no centrarme solo en ese tipo de escenas. Pero creo que se gana mucho con el diálogo. Conocemos mejor al personaje en su forma de hablar y actuar, en las reacciones que tiene. Se le da más libertad, más vida, actitud… Y el libro toma ligereza.

      Todo esto tendrá sus detractores, y quizás también dependa del tipo de género al que cada uno esté acostumbrado y le guste leer. Pero ya dije desde el principio de este diario que aquí contaría mi experiencia y cómo trabajo yo, no trato de dar lecciones a nadie sobre cómo se deben hacer las cosas. Es, y será siempre, mi opinión personal.

26 de junio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 6: Incertidumbre y miedo escénico


      Con los libros pasa como con los hijos: no somos nada, pero que NADA, objetivos —y quien diga lo contrario miente—. Para un escritor, cada uno de sus partos es lo mejor que se ha parido hasta el momento, y ¡ay del pobre que le ponga faltas a su criatura!… Aunque ello no significa que no tengamos claro que para el resto del mundo no será así y nos acojonen las críticas. Y con cada libro a la espalda, más intimida el asunto. Es algo normal, somos humanos. A nadie le gusta que vapuleen su trabajo. Y el problema de dedicarse a esto es que lo exponemos a juicio del gran público. Y la mayoría del público de hoy en día no está callado y a su bola. No cierra el libro y lo guarda y a otra cosa. No espera a encontrarse con otro amigo lector para recomendarle, o no, su última lectura. Lo tenemos frente a nuestros ojos, como en un escenario. Antiguamente, el escritor se sometía a las críticas en los medios de comunicación tradicionales. Imagino que si recibía críticas directas por parte de los lectores de a pie serían más bien positivas, no imagino a la gente molestándose en escribir cartas negativas sobre un libro que acababa de leer y poniéndoselo a parir con su puño y letra… O sí, no sé. Yo jamás lo he hecho. En realidad ni para bien ni para mal. Ahora es muy fácil opinar sobre cualquier libro y hacérselo llegar a su autor. Incluso, aunque no se pretenda hacérselo llegar, es sencillo encontrarlo con escribir su título en el buscador. Porque la curiosidad es muy tentadora para el gato y así nos luce después el pelo...

      Al principio pensaba que con el primer libro era con el que peor se pasaba y que después ya uno se curaba de la timidez de publicar. Sin embargo, ocurre justo al contrario. Se incrementa. Siempre vas con el miedo de fallar y que tus historias dejen de interesar. No es que sea difícil mantener el ritmo, es que el miedo a veces paraliza un poco y te hace más inseguro que al principio. Se te planta delante de los ojos el cartel de lo que se espera de ti, y tu cabeza se llena de pósits con frases del tipo: ¿En serio que de esta historia vas a sacar algo interesante? ¿Estás segura de que quieres seguir adelante con este bodrio? Esto que se te ha ocurrido es una mierda pinchada en un palo, ¿no crees?... Sin embargo, solo queda una alternativa: coger los pósits, tragártelos uno a uno y tirar para adelante. Lo que venga después ya te lo dirán otros. 

      Aunque he de reconocer que, desde que escribo por mi cuenta, vivo esas incertidumbres de otro modo. Si gusta el libro, yo encantada. Si gusta menos, qué más da… ya vendrá el siguiente con más fuerza. Si, en definitiva, el disfrute de todo esto viene del momento en que se cocina la historia, y la satisfacción llega cuando lo disfrutáis vosotros. El lastre hay que dejarlo en el camino.

      Mi consejo: escribid como si solo lo fuerais a leer vosotros.




19 de junio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 5: Los personajes




      Algunas veces son los propios personajes los que te llevan a contar una historia, y en otras es la historia la que elige qué personajes deben vivirla. En cualquiera de los dos casos, hay que tener muy en cuenta el personaje que creamos y su visión de la vida, para que el transcurso de los acontecimientos sea fiel a su realidad.

      Cuando encuentro a los protagonistas de mis libros hago una ficha donde aparece: edad, descripción física y psicológica, inquietudes, costumbres, intereses, acontecimientos relevantes en su pasado, metas, etc. Cuanto más completa está la ficha, más definido queda el personaje. Después no vale con dejar ahí la ficha y ya, es importante consultarla porque debo meterme en el pellejo de cada uno y reaccionar como lo harían ellos. No me sirve lo que haría yo en su situación. Ellos poseen su propia perspectiva de la vida y no tiene por qué coincidir con la mía. De este modo también me aseguro de que cada uno adquiera su propia personalidad y que en los diálogos se aprecie quién está diciendo qué, y no solo por los verbos de dicción tras los guiones.

      Me repatea mucho encontrarme, en las novelas que leo, con personajes que se expresan del mismo modo. Sí que es probable que dos personas que comparten mucho tiempo juntas adquieran o compartan frases hechas o coletillas, pero no son pocos los libros en los que me encuentro que dos personajes que acaban de conocerse lo hagan. Procuro limar esto a conciencia en las correcciones, ya que mis expresiones propias también se me escapan, sobre todo en los diálogos. De hecho, los que me rodean, suelen identificarme con los personajes femeninos precisamente por eso, por la forma de hablar. Y esto, lo queramos admitir o no, es un fallo que se debe limar. Es importante adaptar los diálogos al personaje que está hablando —o pensando si es narración— para que coincida con su edad, su género y su personalidad. Al principio me costaba muchísimo esfuerzo hacerlo con los masculinos. Suerte que, tirando de amigos que me han ayudado a tener una visión más clara de cómo piensa realmente un hombre ante una situación determinada, que además, no tiene nada que ver —en la mayoría de los casos— con la que tenemos nosotras, he ido corrigiendo esa tendencia. Tendemos a idealizar muchísimo y a esperar demasiado del comportamiento masculino en el romance; y ellos, aunque nos cueste admitirlo —y hablo de la mayoría, no de los casos excepcionales—, no suelen vivirlo ni expresarlo igual que nosotras. Que no significa que no lo sientan, ojo. Tal vez sea el producto de la visión que nos han vendido en la mayoría de las comedias románticas americanas que nos tragamos. Ahora suelo fijarme en las historias de amor cuando están escritas por un autor, y las percibo más realistas desde el lado masculino. Es por ello también que, cuando leo novelas románticas, la mayoría escritas por mujeres, como el protagonista esté muy edulcorado y rozando lo moñas, me desconecta de la historia completamente.

      También se debe tener muy en cuenta el carácter de cada uno y los acontecimientos que hayan marcado su vida a la hora de tomar una decisión u otra en la trama, y dejarlo muy claro. En ocasiones encuentro comentarios criticando la forma de actuar de un personaje en un libro que acabo de leer y te dan ganas de gritarle: “¿Pero has leído la historia desde el principio? ¿Cómo va a actuar de otro modo si él no piensa así? ¿Hemos leído el mismo libro?”. O al contrario, que te pinten al personaje de un modo al describirlo y que tenga una reacción con la que digas: ¡Ni de coña me trago esto! Debemos ser consecuentes con los personajes que hayamos perfilado para no caer en estas cosas. Y de igual forma con la edad. Si en la novela aparece un niño o un adolescente, no tiene mucho sentido que tome las decisiones que tomaría un adulto o actúe como tal o incluso se exprese igual. Habrá excepciones de niños muy maduros para su edad, pero estas actuaciones tienden a chirriar si se traspasa la línea.

      Siempre he dicho que para mí son más importantes los personajes que la propia historia, y es por ello que creo que hay que cuidarlos al detalle. Prefiero un libro donde aparentemente no ocurra nada y con unos personajes bien perfilados que me traspasen, a una trama de la hostia donde los personajes sean planos y estén utilizados como meros títeres de la historia.



12 de junio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 4: Planificación y esquema



     Antes de escribir una novela, es importante seguir unos pasos para no encontrarnos a la mitad de ella con personajes que han cambiado en su descripción física o en detalles de su pasado o acciones previas, así como incongruencias en la línea temporal o desarrollo de la trama. Como ya comenté en el capítulo 1, en mi primera novela no realicé ninguna estructura y aún hoy no doy crédito de cómo fui capaz de sacarla adelante. Sí que es cierto que luego me tocó, en la revisión, hacer un montón de cambios y corta-pegas porque bailaban algunos pasajes. Pero aun así, tuvo que estar de mi lado la suerte del principiante.

     Hoy por hoy, cuando me ronda una historia, trato de ser más metódica en la planificación. Después, durante la narración, ya habrá suficiente tiempo para la improvisación y darles manga ancha a los personajes; pero al principio es importante tener claro un esquema previo. Para mí, no es obligatorio cumplirlo al dedillo, de hecho no siempre lo consigo. Sin embargo es muy útil para utilizarlo de guía.

      Pasos que sigo nada más abrir la carpeta de Nueva novela:

  • Primero:
Esbozo un resumen con la idea y el planteamiento de la novela: todo lo que se me ocurra, incluidas frases y momentos o situaciones que ya tenga en mi mente.

  • Segundo:
Busco nombre a mis personajes principales y abro una ficha para cada uno, detallando todo sobre ellos. (De los personajes hablaré en el próximo capítulo, así que no me voy a extender aquí con la ficha de personajes. Lo considero de lo más importante).

  • Tercero:
En el primer punto ya habré situado la novela en un lugar y un tiempo. Si no es así, lo localizaré aquí. Si ya lo tengo, investigaré sobre ese escenario donde van a convivir mis personajes y buscaré fotos, vídeos, planos de localización, etc.

  • Cuarto:
Ya tengo a los personajes definidos, una pequeña trama y dónde transcurrirá la historia. Ahora me falta esbozar cómo transcurrirán sus vidas a lo largo de ese tiempo que quiero contar. El esquema empieza aquí. Suelo trazar una línea de tiempo, que después desarrollo punto por punto para ver cómo encaja. En ¿Y si no es casualidad?, por ejemplo, me vino muy bien para organizar la correspondencia entre los personajes y diferenciar las distintas etapas. En A destiempo fue clave para seguir paralelamente las dos historias, de la madre y la hija, entrelazadas en un mismo libro. Y en ¿Es tu última palabra? fue imprescindible para poder alternar correctamente el presente con el pasado. Teniendo en cuenta, además, que cada personaje habla en primera persona contando su versión de los hechos, en su respectivo capítulo.

  • Quinto: 
Decido el punto de vista y el tiempo narrativo. Es un paso complicado y de él depende, en gran medida, la profundidad que adquirirá la novela. Vuelvo a remitirme a los libros que he escrito, que es donde he tenido que tomar dicha decisión y así me sirve para explicaros los porqués. 
Tiempo narrativo. Me gusta más el pasado. No puedo explicar exactamente por qué, quizás es simplemente que me siento más cómoda. Aunque para ser del todo sincera, a la hora de leer también me ocurre. Cuando encuentro un libro escrito en presente me cuesta un tiempo adaptarme, me distrae un poco esa inmediatez del personaje descubriendo al mismo tiempo que el lector lo que va sucediendo. La narración en pasado me resulta más evocadora y, tal vez, profunda. Todos mis libros están escritos en pasado, excepto el último. Lo decidí así en este caso porque al alternase, en los distintos capítulos, la época en que los protagonistas se conocen con la actualidad, me encajaba más que estos últimos fueran en presente y sus recuerdos en pasado.
Punto de vista. He ido variando según la novela. En Treinta postales de distancia, por ejemplo, decidí un narrador omnisciente, dado que me permitía mostrarle al lector más información de ambos protagonistas en sus encuentros de ascensor, que en primera persona se habrían perdido. En ¿Y si no es casualidad? utilicé varios puntos de vista narrativos: la primera persona en los capítulos que narra la protagonista, la segunda en las cartas que se intercambian y la tercera para el resto. Esto me lo pidió la propia estructura. Fue donde descubrí lo importante que es el punto cuatro. Sin ese tipo de narración, no habría podido dar lugar al desenlace en el último capítulo, ya que el lector solo tenía la información que poseía la protagonista (y hasta aquí puedo leer porque, si no, destripo). En A destiempo empecé escribiendo en tercera persona y, cuando llevaba casi la mitad del libro, descubrí que algo cojeaba en la historia. Le di mil vueltas y no entendía qué. Se me ocurrió pasar todo lo escrito a primera persona y, ¡voilà!, encajó como un guante. Así que en el último ni me lo planteé, decidí que cada personaje debía contar su propia historia. No es que de pronto crea que la primera persona es mejor que la tercera, cada una tiene ventajas e inconvenientes. Lo que sí creo es que cada novela tiene sus propias necesidades, y hay que sopesarlas. La primera persona aporta fuerza y profundidad al protagonista, pero se pierde bastante del resto de personajes que lo acompañan, y se terminan echando de menos sensaciones en las respuestas del otro. La tercera persona nos ofrece muchísima más información, sin embargo disminuye esa proximidad tan directa con el personaje. 
Hay que tener mucho cuidado de no errar, si hemos elegido primera persona, sacando a la luz información que sea imposible que el personaje disponga de ella. Y lo mismo ocurre si usamos tercera persona, no caer en la tentación de narrar de la misma forma que se expresa el protagonista cuando habla en sus diálogos, ya que no se trata del mismo individuo.

  • Sexto: 
En qué punto comenzar la historia. Es algo que puede resultar de gran ayuda y quizás es al que menos atención le presto, teniendo en cuenta que es lo que hará que un lector continúe leyendo o no la novela. Siempre me la juego aquí. Soy consciente de que metiendo un golpe de efecto al principio, que deje al lector intrigado, se gana gran parte de la batalla. Pero ni con esas lo hago. Y mira que me gusta meter giros, pero suelo hacerlo en el transcurso, me cuesta comenzar con anzuelos. Lo cierto es que en la mayoría de mis libros suelo comenzar, simplemente, presentando a los personajes. Ya no sé si es costumbre o pura cabezonería.


      Pues aquí creo que está todo lo que hago en cuestión de planificación. Una vez he completado estos seis puntos, ya doy por zanjado el esquema y solo tengo que conservar los apuntes a mano para consultar e ir tirando de ellos.


5 de junio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 3: ¿Por qué novela romántica?


     En realidad no elegí un género literario cuando me inicié en esto de escribir. De hecho, en mis comienzos, escribía de todo menos poesía (aunque alguna cayó). Los que hayáis sido asiduos a este blog ya conocéis mi trayectoria. Empecé con relatos y participando en foros de escritura con retos, algunos disparatados, donde fui aprendiendo y ganando confianza. ¿Cómo desemboqué en la romántica? Pues tal vez ella me eligió a mí. Aunque nunca he considerado que mis novelas sean del todo románticas. Si tomamos como novela romántica que el hilo conductor es un romance, sí, lo es. Pero algunas lectoras de este género, en comentarios que he leído, han tachado de poco romántico algún libro mío. Y en eso no puedo estar más de acuerdo con ellas, porque aunque los personajes de mis novelas terminan enamorándose, no suelo ser muy dada al romanticismo en el transcurso de la historia. Me gusta que los personajes sean lo más reales posible y que se comporten y hablen como lo harían en la vida real, edulcorando las escenas lo menos posible. Otra carencia que suelen tener todas y cada una de mis novelas, y en realidad es algo premeditado, es que sus protagonistas jamás se dicen que se quieren. Nunca. Jamás. En ninguna. Es una manía que tengo. Prefiero que lo que sienten se palpe en el ambiente, en la forma de dirigirse el uno al otro, en los detalles… que el lector lo descubra de la misma forma que ellos, sin que yo se lo diga ni le obligue a creérselo por el simple hecho de aparecer con palabras textuales. Pienso que si los personajes son capaces de transmitirlo por sí solos, sin la necesidad de decirlo, es porque el sentimiento está ahí, verdaderamente, y para mí es un gran logro.

      A veces, escribir romántica es muy fácil. No requiere de una extensa documentación, a no ser que profundices mucho en la profesión que eliges para los protagonistas o si el escenario donde está ubicada la historia es desconocido. También es más fácil si tienes una idea que genera una trama con giros: ya sean, como en el caso de “Treinta postales de distancia”, las ocurrencias y despistes de la protagonista; o la necesidad de conocer a un remitente misterioso que se cuela en un buzón, estando a miles de kilómetros de distancia, como es el caso de Celia en “¿Y si no es casualidad?”; o las peripecias de una chica que conoce a un tipo que le dobla la edad en internet, en “A destiempo”. Pero cuando te enfrentas a una novela en la que no hay una trama definida, solo unos personajes que te cuentan su vida desde que se conocen, y nos revelan cómo las circunstancias los va alejando y acercando poco a poco a lo largo de su vida —hablo de “¿Es tu última palabra?”—; ahí la cosa se complica, porque en realidad lo único que tenemos en la baraja son los sentimientos que los protagonistas desprenden, y en esa baza te lo tienes que jugar todo. 

     Siempre me ha encantado plantearme retos, y cuanto más difíciles más me satisface el resultado. No sé si algún día cambiaré de género, porque no es algo que pueda negar o afirmar categóricamente. En realidad me considero una narradora de historias, y lo que me viene, si me nace desarrollarlo, es lo que me gusta contar. Y puede que un día a dos de mis personajes, en vez de enamorarse, les dé por montar un bufete de abogados y llevar casos de homicidios, o robar un banco o hacerse hackers... y a ver qué hago con ellos si es lo que les apetece. Al igual que no soy lectora de un solo género, puede que en un futuro tampoco lo sea como escritora. (Que nooo, no os preocupéis. En realidad estoy de coña. Pero no, no dejaré por escrito que jamás cambiaré de género. No querría después tener que desdecirme).

      Aunque sí he de confesar que no soy una gran lectora de romántica. Me refiero a que pocos libros de romántica me gustan, y creo que eso viene dado por lo mismo que no soy una escritora de romántica con todas las letras. En la mayoría de los libros que encuentro de este género, percibo a los personajes demasiado prediseñados e irreales. Cuando leo, me gusta meterme del todo en el papel (como imagino que os pasará a la mayoría) y enamorarme de los protagonistas. Si no lo consigo, la historia no termina de atraparme. Puesto que hablamos de una novela de corte romántico, y ese romance es el centro de la historia, si cojea por ahí, ¿qué otra cosa me queda? No sé si por mi edad, o por qué razón será, pero cuando empiezo un libro y el tío es una réplica de Cristian Grey o similar, todo tableta de chocolate y perfecto por dentro y por fuera, forrado, encantador, sin defectos... me desconecta por completo. Y ya si es el típico canalla y malote que se vuelve dulce y pluscuamperfecto por amor… ni te cuento. Al igual que no soporto a las protagonistas sobraditas que no se les mueve una pestaña y cuando entran a cualquier sitio les ponen una alfombra roja, o las que perfectamente podrían haber salido de la serie Sexo en Nueva York y plantadas en cualquier ciudad española, conservando costumbres americanas que aquí no pegan ni con cola. No sé… cuando leo me gusta poder sentirme identificada, aunque no tenga nada que ver con la protagonista, o al menos sentir empatía. Y eso me lo da la cercanía. La realidad. Me gustan los personajes auténticos, con defectos, vidas cotidianas y trabajos creíbles o, al menos, no tan trillados por las películas hollywoodienses. Sé que muchos defienden el otro punto de vista diciendo que ya para realidad está el día a día de cada uno, y que en una novela buscan la fantasía, soñar y los finales felices comiendo perdices hasta el empacho, que la vida ya es bastante dura y aburrida. Pero a mí, sin embargo, me gusta que la ficción también tenga su porción de realidad. Cuando me apetece lo contrario, pues me dirijo al género de fantasía y me adentro en el mundo de la magia.

     En cualquier caso, es mi opinión y son mis gustos. Y es por ello que cuando trazo una historia, procuro ceñirme a ellos. Escribo lo que en realidad me gustaría leer. Por eso me encanta cuando encuentro libros que al terminarlos digo: “Jo, esto me habría encantado escribirlo”. Y cuando me topo con ese tipo de autores, sé que tenemos cierto tipo de conexión y suelo devorar todos sus libros sin miedo a equivocarme.


29 de mayo de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 2: Manías y costumbres



    Me gusta conocer las rutinas que emplean otros escritores para trabajar, qué costumbres han adquirido o manías —si las tienen—, y curiosear. En mi caso, tiendo a no ser rutinaria ni disciplinada. No consigo funcionar así. Tal vez sí, cuando la novela está terminada y estoy puliendo el texto, sigo unas pautas de trabajo para obligarme; pero a la hora de crear mi cerebro no me deja cumplir ningún objetivo programado. Imposible proponerme llegar a tantas palabras o limitarme a un horario. Cuando estoy con una novela, la escribo todo el tiempo. Incluso mientras duermo. Mi intención es levantarme, sentarme a teclear a una hora determinada y expulsarlo todo, para después desconectar en mi tiempo libre. Pero a veces es imposible. Durante el proceso creativo, cuando la novela está en plena efervescencia, es como si viviera dos vidas en paralelo. A veces cojo el coche y, cuando llego a mi destino, me pregunto cómo cojones he podido llegar viva allí. Empiezo a creer que tengo un piloto automático que se activa por GPS o incluso un ángel de la guarda. En definitiva, para marcarme unos tiempos y una rutina, tendría que ponerme un control parental en el ordenador, y que no me dejara acceder al archivo, una vez pasado el tiempo límite, y que a su vez me obligara también, con collejas o como fuera, cuando no me apetece sentarme frente al teclado.

    Lo importante para mí, a la hora de escribir, es que realmente me apetezca hacerlo. Ponerme a ello porque sienta la necesidad y no la obligación. Cuando me ocurre lo segundo es que algo falla: bien por la historia que no termina de convencerme el camino que lleva, o porque no me siento al cien por cien y mi estado de ánimo influye negativamente en la historia. En ambos casos prefiero aparcarla y dedicarme a otra cosa ajena a escribir, hasta que mi cuerpo vuelve a pedirme regresar a ella. Es curioso —no sé si a todo el mundo le pasará—, pero parte de nuestro interior, de lo que vivimos o sentimos en esa etapa de creación, se cuela de alguna forma en aquello que estamos escribiendo. Muchas veces se pregunta a los autores si las novelas están basadas, en el todo o en parte, en la realidad. Yo siempre digo que no, porque evidentemente mis personajes y sus historias poco o nada tienen que ver conmigo, aunque sí me pueda sentir más identificada con unos que con otros. Pero lo cierto es que los personajes que creamos viven y respiran a través de nosotros, o tal vez nosotros a través de ellos, y mirándolo desde esa perspectiva, en esencia, se quedan con un poquito de quien los crea. Quizás por eso nos encariñamos tanto con ellos y nos cuesta después irnos desprendiendo de su lado.

    Pero me estoy yendo por los Cerros de Úbeda y en este capítulo no venía a hablar de los personajes (eso me lo reservo para otro capítulo), sino de las manías y costumbres “escritoriles”. Así que, resumiendo, puedo afirmar que no tengo costumbres fijas ni manías extrañas, excepto prepararme un café antes de empezar. Me gusta mucho escribir en la habitación que tengo destinada a ello con mi ordenador, de cara a la ventana; más con luz y sonidos de la calle que cuando es de noche y está todo en silencio. Aunque también de noche escribo y disfruto de esa calma. Incluso algún capítulo me he llegado a ventilar por la tarde con dos niños jugando o discutiendo a mi alrededor, y un pájaro picoteándome los dedos al pulsar las teclas, cuando no con un perro mimoso sobre las rodillas... En realidad, creo que podría escribir en cualquier parte. No necesito concentración alguna. Tengo facilidad de sobra para abstraerme. Lo que sí prefiero, como herramienta de trabajo, es el ordenador al cuaderno, pero si se da el caso y me pilla fuera, recurro al bolígrafo y a la grabadora del teléfono si es necesario. También existe un programa sin el que ahora no podría vivir escribir: Scrivener. Me ha facilitado tanto el trabajo, sobre todo a la hora de plantearme el esquema (de esto también os hablaré) y para organizar la documentación de la novela, que sin él es como si ahora de pronto me quitaran el iPhone y tuviera que apañármelas con un móvil de los de antes donde no se sincronizaban los eventos del calendario, sin navegador, ni mapas, ni la docena de Apps indispensables que me facilitan la vida y a su vez me han convertido en perezosa para memorizar y, la mayor parte del tiempo, para distraerme... 

     Así que, si alguno de los que me estáis leyendo ahora mismo os dedicáis a esto de escribir, me gustaría conocer también cuáles son vuestras costumbres o manías.