15 de septiembre de 2014

Amores de barra

     


      Le dijeron que su media naranja estaría por ahí, que tarde o temprano se cruzarían, y a su corazón ya no tendría que darle cuerda porque, juntos, palpitarían al mismo son. 

      –¡Y qué culpa tengo yo de que me conocieras borracha! –respondió el pomelo dando un portazo.

(Microjustas literarias XIV Tema: La naranja mecánica)

19 de agosto de 2014

A tres días en la cuenta atrás


      Este es un año muy raruno para mí desde que comenzó en enero. Me muevo en una montaña rusa de picos altos y bajos, que se suceden cada cierto tiempo y a los que tengo que acostumbrarme, no queda otra. A los altos es fácil acomodarse y los espero como agüita de mayo. Pero los unos, al final, siempre vienen acompañados de los otros. Aunque entre ellos también hay pequeños periodos en los que navego en una especie de balsa. Y ahí, subida en la montaña o navegando, en lo que hoy por hoy es mi día a día, decidí sumergirme en la escritura de mi tercera novela, en la que no quiero volcar todas esas sensaciones porque mis personajes bastante tienen con vivir su vida, para tener que cargar también con la mía.
      Ahora estoy en uno de esos picos altos. Ya noto cómo empiezo a subir y acelerarme. La cuenta atrás ha comenzado. A mis personajes les he preparado la maleta con mucho mimo para estas segundas vacaciones que voy a darles. Volveré a mediados de septiembre, cuando me encuentre en la balsa de nuevo, no sé si con las pilas recargadas pero sí con ilusiones renovadas, eso seguro. Imagino que será como la otra vez cuando vuelva, al principio me costará hacerme con ellos. Tendré que empaparme de todo aquello que recibí de su pasado, estudiarlos a fondo, someterles a un tercer grado, si es necesario, para descubrir cosas nuevas. Porque seguro que el tiempo y la distancia en algo les habrá cambiado, o tal vez sea yo quien les vea con otros ojos a mi regreso, nunca se sabe. Pero todo cambia, ya sea en las vidas reales o ficticias.
       También en estos días me espera un viaje que habíamos planeado hacer años atrás y que, por unas cosas u otras, se había quedado ahí, perdido. Así que en algún bolsillo de mi maleta no faltará un cuaderno donde pienso traerme parte de los recuerdos o sensaciones que me evoque, espero que algo de material para próximos relatos, eso sería estupendo.

      Y esto es todo desde mi pequeño rincón de la blogsfera, hoy dedicado a una nueva sección o etiqueta.

13 de agosto de 2014

Caramelos de menta


      Buscó en su bolsillo el tacto del envoltorio, recorrió con los dedos su forma, la textura rígida y crujiente del papel. Podía imaginar el sonido que haría al desenvolverlo, pero no oírlo dentro de aquel vagón atestado de gente, ni con el ruido estridente de los railes. Era un convoy de los antiguos, de esos con las luces en agonizante parpadeo. Siempre tuvo miedo a los túneles del metro. De niño le hizo frente a una pesadilla en la que se encontraba viajando de pie, agarrado firmemente a la mano de su padre, y de pronto frenaba en medio de un túnel, las luces comenzaban a parpadear con más intensidad y por unos segundos se quedaban completamente a oscuras. Al encenderse de nuevo y reanudar la marcha, todo y nada parecía haber cambiado. No sabía especificar por qué, más bien se trataba de una sensación. Y al momento descubría que su mano derecha ya no estaba cogida a la mano de su padre, se había agarrado a una de las barras de sujeción de la puerta de salida. Miraba frenéticamente hacia todas partes, pero su padre no se encontraba allí. Y el resto de pasajeros no parecía percatarse de lo que en ese momento aquel niño estaba viviendo. Ni siquiera si eran conscientes de su propia realidad, tenían una pose rígida, congelada, y ellos, tan inmóviles, le asustaban más que el propio túnel. El día que se negó, tras el sueño, a acompañar a su padre en metro para visitar a sus abuelos, este le dio un caramelo de menta: «Es para ahuyentar esos malos sueños. Cuando subas, si notas algo raro, te lo metes en la boca, y ya verás que su sabor te hará sentirte tranquilo. En los sueños no hay sabores, y en la realidad yo no tengo intención de desaparecer». Sin embargo, poco tiempo más tarde, desapareció. No por arte de magia, ni como desaparecen los que ya no forman parte de este mundo, sino que cambió de ciudad. Al principio le visitaba todos los fines de semana. Después cuando encontraba un hueco libre, que en realidad eran un par de veces al año. Y, finalmente, porque rehizo su vida y su hijo ya era mayorcito para visitarle si realmente quería –le decía a su ex mujer–, dejó de venir. De ahí, y con el tiempo, sacó que posiblemente los sueños tienen algo de premonitorios. Tal vez uno cuando sueña se adelanta a los acontecimientos. Quizá porque cuando se sueña, uno relaja las partes más escondidas del pensamiento o aquellas que despierto pasan solo de puntillas.
      Y allí se encontraba, solo, enfrentando a sus miedos con un caramelo de menta que siempre viajaba en su bolsillo, y el pasamano del vagón en la otra libre. No soportaba el chirrido estridente del roce de las vías que ese día parecía haber alcanzado su cota más alta, y se tapó los oídos. Que el vagón frenara de golpe no estaba previsto, así que perdió el equilibrio y fue a caer encima de los viajeros sentados a su derecha. Se levantó como un resorte antes de ver la reacción de estos, y, cuando se giró para pedir disculpas, la luz parpadeante se hizo oscuridad. Tanteó el bolsillo izquierdo de su abrigo, después el derecho. Nada. Ni rastro del caramelo de menta. El vagón seguía parado y a oscuras. Intentó recuperar la barra donde estaba agarrado al principio, y sintió que una mano le cogía la suya. Trató de soltarse, angustiado, no podía ser la mano de su padre, iba solo. Pero la extraña mano se aferró con más fuerza a medida que él intentaba desasirse. Los dedos que lo sujetaban eran finos y suaves. Con la mano izquierda seguía tanteando su bolsillo. ¡No podía ser! El caramelo seguía sin aparecer. ¿Y si era un sueño? En los sueños, como le dijo su padre aquel día, no hay sabor, pero tal vez tampoco exista contenido en los bolsillos, ni en los cajones de los armarios. Sí, era eso, un sueño. Tenía que serlo. Pero antes lo había palpado. La propietaria de la mano se soltó, de pronto, al comprobar que la luz se restableció. Momento en el que él reparó en su presencia. Era una mujer joven, de pelo oscuro y mirada intensa que ocultó cuando se cruzó con los ojos de él. Permanecieron en silencio mientras se reanudaba la marcha, agarrados a las barras de ambos lados de la puerta de salida donde se encontraban, él ahora a la izquierda y ella a la derecha, mirando fijamente hacia la puerta o, más bien, estudiándose en el reflejo que el cristal les ofrecía. Abandonaron el vagón en la misma parada y enlazaron los pasillos y escaleras correspondientes a la salida, unas veces caminando uno junto al otro y en otras ocasiones en fila. Pareciera que se seguían. Ya en la calle, a la luz del día, titubearon en la dirección a tomar, como esperando algo que faltaba, o como si temieran que ahí terminarse todo: sin una palabra. Fue entonces cuando ella se dirigió a él y le dio las gracias por dejarla agarrarse a su mano. Tenía miedo, siempre le había asustado la oscuridad y los espacios pequeños, le contó, por eso se ponía justo en la puerta, para salir corriendo la primera. Él no le explicó que tenía miedo a los túneles por culpa de un sueño recurrente que se convirtió en pesadilla, donde siempre desaparecía la mano que lo sujetaba y se perdía en un mundo de extraños que parecían no tener alma ni vida. «¿Te apetece un café o tienes prisa?», se le ocurrió a ella. Y él miró su reloj sin ver la hora porque tan solo era un gesto automático para hacer tiempo y pensar su respuesta. En realidad su madre no le esperaba, no era una visita programada de antemano sino más bien un impulso. Le dijo que sí y entraron en la primera cafetería que vieron a la vuelta de la esquina. Se sentaron el uno frente al otro y mientras removía su café, pensaba dónde había visto antes a aquella chica. A cada minuto que pasaba le resultaba más familiar. Ella tampoco decía nada, bebía pequeños sorbos de su taza, imbuida en sus pensamientos. Tal vez se estuviera preguntando –se dijo él– dónde se habían visto antes. «Me tengo que marchar ya», la escuchó decir. «¿Tan pronto? Ni siquiera hemos conversado». «Toma mi teléfono –se lo anotó en una servilleta– otro día charlamos». Salió a la calle, tras verla desaparecer por el cristal de la puerta. Había olvidado preguntarle su nombre. Miró a ambos lados de la calle pero no encontró un alma, estaba desierta. Se metió las manos en los bolsillos del abrigo y no encontró la servilleta que había doblado cuidadosamente. Dio media vuelta para regresar a la mesa, tal vez la dejó allí sin darse cuenta. Pero no había mesa. No había bar. ¿Dónde estaba? ¿De dónde venían aquellas voces? Se despertó con un sobresalto. Miró por la ventana, dos coches habían colisionado. El timbre del teléfono le apartó de aquel jaleo matutino en su calle, y al otro lado de la línea encontró a su madre, llamaba desde el hospital: «Nada grave, hijo, un desmayo, pero me ha pillado subiendo las escaleras y me he roto un brazo. De todos modos me van a hacer unas pruebas».
       Y allí se encontraba, de nuevo, en aquel vagón, como en una especie de secuela del día de la marmota, con la mano izquierda en el bolsillo, empuñando el caramelo, y la derecha anclada en la barra lateral. Las puertas se abrieron, y entre una marea de pasajeros que salían, la vio entrar, y colocarse al otro lado, el izquierdo, como si esta vez fueran ellos el reflejo al otro lado del cristal. Y entonces lo comprendió, de eso le sonaba, era el sitio donde siempre se ponía, donde tantas veces habían coincido sin apenas prestarse atención, concentrados cada uno en su miedo particular. Se sacó el caramelo del bolsillo y se lo ofreció: «Si tienes miedo, el sabor de la menta te lo hará olvidar». Pensó que no tenía mucho sentido lo que acababa de decir, porque no era así la explicación que su padre le dio, pero no se le ocurrió otra cosa para romper el hielo. Ella le miró con cara entre impasible y de pocos amigos, y no dijo nada; simplemente se giró hacia el otro lado, dándole la espalda. Cuando se abrieron las puertas, salió disparado hacia la escalera mecánica. Recorrió los pasillos a la carrera, avergonzado. «¿Cómo puedo haber sido tan idiota? ¿Un caramelo? ¿Para el miedo?», se torturaba una y otra vez por lo que sentía una torpeza por su parte. Durante un tiempo se alojó en casa de su madre, para echarle una mano en su día a día tras su desafortunado accidente. Y fue ese el tiempo que tardó en olvidarse de aquel asunto y, a su vez, no cruzarse con la desconocida. Sin embargo, llegó el día en que volvió a toparse con aquella mirada intensa y esquiva, y, azorado, se limitó a contemplar sus propios zapatos. Ya no llevaba caramelos de menta en el bolsillo. Sin darse cuenta desapareció el miedo a aquella pesadilla infantil de perder la mano de su padre. Su último sueño al respecto fue cuando perdió el teléfono de una desconocida que en la realidad le tenía por un pringado. Y lo de palpar el caramelo en el bolsillo, se había transformado más bien en una costumbre o tic, que más tarde pasó a ser el recuerdo de un momento bochornoso con ella. Levantó la mirada del suelo y la posó en el reflejo del cristal de la puerta, con sus pensamientos ahora centrados en preguntarse dónde se habría colocado ella, o si se habría cambiado de vagón al encontrarle. El convoy se paró en la mitad de un túnel. Todo parecía normal, las luces se mantenían encendidas; algunos ni se habían percatado, concentrados en dormir o en sus lecturas; otros, los que sí, se miraban extrañados; pero él sólo reparó en la mano que de pronto se agarró a la suya. ¿Qué crees que está pasando? Parecía querer decir su mirada, porque su boca no dijo nada. «Seguramente esté haciendo tiempo el conductor porque otro tren no ha salido aún de la estación», le explicó él, para que no se preocupara. Cuando el vagón comenzó a moverse de nuevo, ella se soltó.

17 de julio de 2014

A qué huelen las nubes



      ¡Ay, los olores...! Vaya anuncios más ridículos que se marcan las compresas, no entiendo por qué se empeñan en convertir la regla en algo maravilloso y emocionante, si la regla, por mucho que la disfracen, es una jodienda que no nos queda otra que pasar, mes tras mes, y cuya fecha, por h o por b, siempre nos obsesiona. Si llega, porque vaya faena justo este fin de semana que me iba a tal sitio, y ahora tengo que estar pendiente de cambiarme y llevarme artilugios varios, y espero que no sea de esas dolorosas… Y si no llega, vaya putada, no puede ser, como me haya quedado embarazada me da algo… a ver, cuándo me vino la última vez, cuento, recuento, vuelvo a contar, es  imposible… y lo contenta que te pones, incluso a dar saltos, cuando aparece, que ya te da igual que ese fin de semana tengas planes de irte fuera, la boda de tu prima, si te duele a rabiar, o que te hayas quedado de golpe sin tampones, ¡en ese momento la adoras!! Bueno, que me voy del tema, pues eso, que en los anuncios lo quieren hacer todo muy pizpireta y alegre, como si fuéramos idiotas perdidas y ya con los bailecitos que se marcan las del anuncio conseguimos pensar que tener la regla con esas compresas es chupiguay, con colorines, confeti y trompetitas… ¡Uy los colorineeeeessss…!! ¿Por qué no empaquetan los tampones y las compresas con colores menos llamativos? No sé, el blanco, por ejemplo, que se ve muy limpio e higiénico… Porque vaya tela con mis hijos, ahora no, pero de pequeños, cuando la altura de su cabeza era darse de bruces con el armario de debajo de mi lavabo, eran un imán para ellos los colorines, oiga… No había día que no me encontrara con unas cuantas compresas abiertas y pegadas en las paredes, o unos cuantos tampones flotando como peces globo inertes en el lavabo o el bidé, y los aplicadores rodando por el suelo; que se le ocurre a cualquier vecino llamar a casa en ese momento y sale de ahí un programa de esos de la Sexta titulado “Qué clase de guarra vive aquí”. La verdad es que, en general, no sé si lo he dicho alguna vez, me encantan los anuncios. Soy de esas personas que no soporta que su marido, en cuanto llega el intermedio de una peli, se ponga a hacer zapping para ver qué hay en otros canales y no perder el tiempo viendo anuncios. Cuando estoy sola los veo todos. Es más, alguna vez mi marido ha hecho zapping para engancharse a otra película porque no le gustaba la misma que a mí, ha dejado la tele en la otra peli y se ha ido a la habitación a verla, se ha puesto en anuncios, y yo me he quedado viendo los anuncios del otro canal y de pronto darme cuenta de que me estoy perdiendo mi película. Y mis hijos tienen tela marinera con los anuncios… El otro día estaba frota que te frota la mampara de su baño por la cal, entra el mayor y me dice: “eso se quita en un bang con Cillit Bang”. “Anda, niño, no hagas caso de todas las tonterías que dicen en los anuncios”. Y salta el pequeño detrás: “es verdad, mamá, y metes una moneda y sale de oro”. Total, que por la tarde voy con ellos a hacer la compra, pasamos por el pasillo de limpieza y me dicen: “mamá, cómpralo, ya verás, ya verás”. Y yo toda chula (como se me había terminado el limpiador del baño y, total, tenía que comprar uno) les dije: “bueno, os voy a hacer caso, pero es un reto, como no se quite en un bang ya no hacemos caso a los anuncios, ¿eh?”. “Y si se quita, luego compra el que es de color verde, que la grasa desaparece” (¿es normal que mis hijos se chupen con tanta intensidad los anuncios? ¿Y que cuando pasen por los detergentes y lean Wipp Express lo hagan entonando la cancioncilla que seguramente estéis entonando vosotros ahora para rememorar el anuncio?). Bueno, el caso es que con la la cal que hay en Málaga… y todo lo que me cuesta quitarla de la mampara, lo llevaban claro si pensaban que iban a ganarme el reto… Pues qué jodidos niños, la madre que lo parió, y bendito anuncio, que sí, que rocié la mampara con el dichoso producto, pasé una balleta y no tuve que frotar ni un ápice, se llevó la cal en un bang de verdad de la buena, ¡como si fuera polvo! Y yo comprando el sucedáneo de marca blanca, frota que te frota y que no había manera de dejar la mampara cristalina!!! En fin, que ya tengo al futuro sustituto del quitagrasas apuntado. Y de lo orgulloso que estaba luego con la recomendación tan satisfactoria, yo no sé si porque estaba esperando encontrar otra panacea para hacerme la vida más fácil, el caso es que durante la cena salió el anuncio de Hemoal, y me dice: “¡mira, Hemoal!" (así, con admiraciones y todo). Yo no daba crédito a la frase, vamos a ver, ¿me estaba recomendando Hemoal? ¿A son de qué? Y lo que aún me parecía más desconcertante, ¿este niño sabe lo que son las hemorroides? Así que se lo pregunté directamente: “pero, a ver, ¿tú sabes qué es el Hemoal?”. “No sé, ¿una medicina para el culo?”. Y ahí lo dejé, no indagué más, para qué le iba a pedir más detalles, ya solo me quedaba rezar para que no saliera el anuncio de Vaginesil o el de Durex play sabores, posiblemente acompañado de preguntas que no me apetecía contestar…


      En fin, que yo no había venido aquí a hablar de anuncios, la verdad, que todo esto ha venido por el olor que tenía hoy mi casa, y quería contar a qué huele mi casa un día como hoy. Mejor dicho: el olor que suele tener mi casa cuando me meto de lleno en una novela (a escribirla me refiero) ¿y sabéis cuál es? Pues huele a guiso quemado, porque eso es lo que me ocurre cuando me adentro en mis escritos, que no sólo pierdo la noción del tiempo, sino que pierdo algunos de mis sentidos, incluido el del olfato… Y la peor parada ha sido la olla, no sé si preguntarles a mis hijos cuando vuelvan sobre algún productito así apañado para fondos calcinados.

7 de julio de 2014

Historia de una azotea





      Solía escucharla con entusiasmo contenido, evitando siempre parecer más interesado de lo que estaba dispuesto a admitir. Ella lo sabía, y estudiaba su rostro, le conocía lo suficientemente bien como para interpretar cualquier imperceptible cambio en su gesto. Pero ese día no había disimulo, ni contención, había sido directo en sus palabras y parecía molesto con las de ella. Algo había cambiado en su actitud y no entendía el porqué, cuando era él, además, quien había elegido ese camino. Se encontraban en la azotea de su edificio. Las vistas desde allí eran magníficas y sus vecinos o no sabían que se podía acceder con las llaves del portal, o eran demasiado remilgados para incumplir las reglas; y el cartel que en la puerta prohibía el acceso si no era en caso de emergencia, les mantenía alejados de allí. Fue él quien descubrió aquel sitio, subía a fumar con el pretexto a sus padres de ir a sacar la basura. El día en que la encontró sentada en la escalera con el rímel corrido y levantándose de un salto al ver que se abría su puerta, no pudo evitar mostrarle aquel sitio. Nunca antes habían hablado. Se cruzaban en la escalera o el rellano, conocían la existencia del otro, sus nombres, incluso iban al mismo instituto, pero no compartían amistad ni amigos. En alguna ocasión, la madre de uno le enviaba a la casa del otro a pedir una pizca de harina o de sal, esos pequeños intrusismos cotidianos entre vecinos y que a ellos les hacía morir de la vergüenza: «Por qué tengo que ir yo, pídeselo tú, me da vergüenza. ¿Y no puedo bajar a la vecina del primero? No, esa tiene muy mala pipa y no quiero deberle favores, ¿quieres hacer el favor de ir ya que se me va a quemar el aceite?». Y al final, con más nervios que decisión, se encontraban tocando el timbre y rezando por que no fuera el otro quien abriera la puerta. Sí, se gustaban. Todavía no lo sabían o no era el momento de saberlo, porque cada uno hacía su vida sin pensar en el oro. Pero no podían evitar sentirse incómodos al encontrarse. Y fue aquella noche, después de varios años, cuando ya ni siquiera iban al mismo instituto porque ya estaban en la universidad, cuando se dirigieron la palabra por primera vez, sin referirse a una petición de parte de alguna de sus progenitoras. «¿Estás bien? Sí, no es nada, me has asustado. Lo siento, no esperaba encontrarte en la escalera. Es que… estaba… yo… bueno, tengo que entrar en casa. Yo voy a bajar la basura, ¿me acompañas? Después subiré a la azotea a fumar un cigarro. ¿A la azotea? Sí, nunca has subido, ¿verdad?». Subieron. Y allí comenzó todo. Él le mostró su lugar secreto, y ella se abrió y le contó los suyos, incluso el que se escondía tras las marcas de rímel. Y fueron los años quienes forjaron aquel vínculo entre ellos, la azotea su testigo. Pero jamás permitieron que nada más allá de la amistad enturbiara lo que había entre ellos, ni tampoco hablaban de sus respectivas relaciones con otros. Hasta que llegó el gran día. Él había conocido a alguien muy especial. Una relación que estaba durando más de lo habitual en él, alguien con quien decidió dar el gran paso. Y fue esta noticia la que lo cambió todo. Ella intentó mostrar normalidad, disimuló para que todo siguiera igual entre ellos. Pero él ya no seguiría como antes: en breve dejaría aquel edificio y se mudaría a su nueva vida. Y así fue.

     Más tarde se mudo ella que, por inercia y porque conoció a alguien especial, decidió dar también el gran paso. Y pasaron los años, las felicitaciones de cumpleaños, las de Navidad, las de aniversario, y en el seco tiesto del rincón de la azotea ya no se acumulaban colillas de antiguos cigarros, ni secretos, ni risas, ni complicidad. Y el edificio poco a poco se iba llenando de abuelos y de nietos que subían armando escándalo por la escalera, y de nuevas risas y juegos de calle mientras una mirada observa nostálgica desde la azotea, esperando unos pasos que nunca llegan. Pero un día ocurre y, en la escalera, ella se cruza con quien cree un desconocido: «Eres tú, ¿cuánto tiempo? Sí, mucho, ¿qué es de tu vida? Todo bien, ¿y tú? También, todo genial. ¿Te apetece tomar algo por aquí al lado? Prefiero un cigarrillo arriba». Y es allí, en aquel momento, en la azotea, donde ella escucha atentamente qué le ocurrió el día que cambió su actitud, el porqué le notó diferente justo cuando le contó que iba a dar aquel paso, el gran paso que lo cambiaría todo, cuando él esperaba que ella le frenara los pies, le pidiera no hacerlo, le mostrara otro camino, el que él estaría dispuesto a tomar si ella se lo pedía. Pero ella no lo había hecho. No le pidió tal cosa, le dejó a su aire, aceptó su decisión, y no solo eso sino que le felicitó por ello. Y ya de nada servía lamentarse ni preguntarse qué habría ocurrido si ella no hubiera disimulado, si no se hubiera matenido al margen de su decisión… Ni tampoco servía que le acusara de no haber sido sincero, o de dar aquel paso entre las dudas y el orgullo. Había triunfado lo imborrable, el poder de un instante al que habían dejado la elección de reconducir sus vidas

      Y sigue pasando el tiempo en aquella azotea donde otro nuevo inquilino descubre sus encantos y, cada atardecer, se encarama a la barandilla con un bloc de dibujo para inmortalizar aquella vista privilegiada desde su edificio. Ajeno a la presencia de un viejo tiesto con dos colillas, último vestigio de otro tiempo.

6 de julio de 2014

Fondo de armario


      Discutían acaloradamente el vestido rojo y la falda de vuelo azul, siempre estaban a la defensiva y era el top de seda negro quien mediaba en sus discusiones. Le hubiera gustado ponerse de parte de la falda azul, ya que existía muy buena relación entre ellos, acostumbrados a combinar juntos. Pero esta vez, a pesar de que no soportaba al engreído vestido rojo, no le quedaba otra que darle la razón. Lo que contaba era cierto, existía una crisis fuera del armario. Escuchó la conversación entre su vecino de armario, blazer negro, un tipo en apariencia bastante estirado pero que en las distancias cortas mostraba su lado amable y cercano, y el vestido rojo. Ambos eran grandes compañeros de fiesta y por todos era sabido que cuando salían juntos, amanecían revueltos. Pues bien, blazer negro contaba que días atrás había salido de fiesta con un vestido en tono dorado de encaje que le había dejado muy tocado. El vestido rojo, al escuchar su confidencia, y pese a que blazer juró y perjuró que no hubo nada entre ellos, se encendió de ira y dejo de hablarle, reacción normal para un vestido acostumbrado a ser el centro de atención en el armario. Pero ahora, después de recuperar la calma y recomponerse, decidió que tenían que hacer algo, no podían permitir que tanto blazer negro como el resto de sus vecinos de al lado, fueran obligados a mudarse a otro armario, y menos a uno donde se encontraba un rapaz y presumido vestido dorado de encaje. Atando cabos, habían llegado a la conclusión de que todo aquello no pintaba bien, fuera del armario últimamente se escuchaban demasiadas discusiones y, lo que era peor, ella ya no los usaba. Desde que tuvo al bebé se había obsesionado con un par de faldas horribles que no le sentaban ni bien, por no hablar de aquellos pantalones anchos que lavaba y se ponía casi sin darle tiempo a guardarlos, y que se habían hecho con la popularidad del armario porque era su uniforme para estar en casa. Aunque, a decir verdad, fueron las braguitas de encaje las primeras en dar la voz de alarma. Ellas, siempre tan discretas, que nunca se las oía en el cajón, aparecieron una noche disgustadas porque estaban ocupando su lugar unas horrendas bragas sin costuras de unos colores que dejaban mucho que desear y con unas conversaciones y modales tan ordinarios que las tenían acobardadas al fondo del cajón. Y lo cierto era que, si se paraban a pensarlo, a ella llevaban mucho tiempo sin verla, tan solo de refilón y con prisa por las mañanas; abría el armario y cogía lo primero que pillaba (que siempre era una de las anodinas faldas y una blusa) para llevar al pequeño a la guardería. Ya no se recreaba en el armario revisando y probándose modelitos con cierta coquetería para salir de cena o con sus amigas, ni usaba lápiz de labios ni colorete. Sin embargo no habían notado ese abandono en él los vecinos de al lado. Conclusión: algo estaba fallando y necesitaban un buen plan.

      Él abrió su armario y, sorprendido, encontró aquel vestido rojo que tanto le gustaba. Descolgó la percha, acarició su finísimo tejido y recordó la última vez que se lo había visto puesto. Ella entró en ese momento, con el bebé en brazos, se la veía agotada por la mala noche que había tenido. Le miró extrañada y, acto seguido, le entregó al bebé para coger su vestido. Se miró en el espejo con la prenda aún colgada, cayendo delante de su cuerpo, y, soltándose la coleta, se revolvió la melena. Vislumbró a una mujer que apenas un año y medio atrás lucía aquella prenda en su aniversario; y al fondo, reflejado también en el espejo, encontró la mirada anhelante de él clavada en ella.

      La falda azul, desde la puerta del armario entreabierta, se abrazó al top negro con regocijo; celebrando que ella, por fin, volvería a ser la de siempre.

3 de julio de 2014

El carrusel de los sueños


      
      Me preguntaste con qué compararía nuestra historia, y respondí que con un viejo carrusel porque dábamos vueltas sin avanzar a ningún sitio en concreto. Así nos gustaba. En ella nos sentíamos como niños, ajenos a lo que en ese momento existiera fuera de aquel carrusel cargado de sueños. Yo solía subir primero, buscando un sitio donde poder controlarlo todo, pero tú siempre encontrabas un lugar para esconderte, no sé si con la intención de fastidiarme o porque te mareaba el hecho de girar. Mientras, yo, aferrada a mi asiento, esperaba a ver si salías de tu escondite y tomabas la iniciativa de acercarte. Tardabas. Me impacientaba. No venías. Me desilusionaba. Y justo cuando me planteaba rendirme, aparecías. Y aquellos instantes, por lo inesperados, por lo efímeros, se convertían en los mejores. El carrusel seguía girando, pero ya no era así. Nuestro carrusel se había detenido, y era el mundo lo que giraba para nosotros.